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21/04/2025

El día en que me tocó transmitir la proclamación de Jorge Bergoglio como Papa

Se nos fue el Papa argentino, y ya no podremos especular con probables visitas a nuestro país...

El día en que me tocó transmitir la proclamación de Jorge Bergoglio como Papa

Recuerdo como si fuera hoy, el instante en que el humo que despedía la chimenea de la Capilla Sixtina cambió de color. La fumata pasó del negro al blanco. El prolongado acto de quemar las papeletas con el voto de cada uno de los miembros del Colegio Cardenalicio, había llegado a su fin. La autoridad que Cristo le otorgó a Pedro, quien asumió el cargo en el año 30 d.C. y le fue transmitida posteriormente a todos los Papas, tenía un destinatario, luego de la quinta ronda de votaciones del segundo día del cónclave.

Era un 13 de marzo de 2013 por la tarde. Estaba conduciendo mi noticiero, como habitualmente lo hacía en ese horario. Había expectación por la conclusión de la votación. ¿Quién sería el nuevo Papa? Entre los probables estaba Jorge Mario Bergoglio, cardenal argentino, proclamado como tal el 21 de febrero de 2001. La transmisión en directo por televisión, de esos momentos cruciales para la Iglesia Católica, de los cuales el mundo entero estaba pendiente, generaba en nosotros algo de ansiedad, por quien apura en la espera por conocer el resultado, que por entonces era una fantasía, la de tener un Papa argentino.

Quizás porque nos parecía improbable, inalcanzable, entre tantos cardenales provenientes de distintos países del mundo, muchos de ellos poderosos, que podían construir fuertes alianzas para proclamar un Papa afín a sus intereses, ya que el conservadurismo o el progresismo que puede llegar a dar un revés en preceptos largamente instaurados y sostenidos en el tiempo, y hasta modificados a través de las encíclicas, que abordan asuntos propios de la Iglesia o cuestiones específicas que hacen a la doctrina social católica, a la manera de un comunicado universal del Sumo Pontífice, no llegamos a entender bien el nombre de quien había sido proclamado Papa.

Fue inmediatamente después de que el cardenal Jean Louis Touran pronunciara las palabras clave y tan esperadas por todos: “habemus papam”, fumata blanca mediante, que reveló el nombre de quien iba a suceder a Benedicto XVI. Fueron segundos en que dudamos de si había mencionado el nombre de Jorge Mario Bergoglio. Entre fascinados e incrédulos nos miramos entre todos con gestos que invitaban a la interrogación. ¿Bergoglio era el nuevo Papa? ¿Escuchamos bien? Estando transmitiendo en vivo por televisión el nombre pronunciado debe ser el correcto. Sí. Touran, con acento francés, había dicho que el nuevo Papa iba a ser nuestro Bergoglio, a quien antes habíamos conocido como arzobispo de la Ciudad de Buenos Aires y antes de esa función, con varias otras más, como la de cardenal, ordenado por Juan Pablo II, con una gran presencia en la Conferencia Episcopal Argentina, institución que presidió durante dos períodos consecutivos, etc.

Nuestras caras, las de todos los que nos encontrábamos en el estudio de televisión, se llenaron de emoción. Nuestra voz reflejaba la alegría y el orgullo de tener un Papa argentino. Técnicos, productores y yo misma como conductora estábamos embelesados. Y atónitos. Había que seguir con la transmisión y la neutralidad emocional que implica la conducción de un noticiero, más allá de nuestra felicidad, que embargaba el aire de la programación, que a su vez iba cambiando su contenido, transitaba a la par de la gran noticia. ¡Un Papa argentino!. Que muchas veces el mundo de la dirigencia política confundió con sus exigencias basadas en su nacionalidad, e incluso por sus inclinaciones de orden político. Llevó tiempo entender, y aún algunos no lo comprendieron, que el Papa es Jefe de la Iglesia Católica, además de Jefe del Estado del Vaticano. Por eso hay quienes persistieron en obtener definiciones precisas de parte del Papa de acuerdo a las circunstancias nacionales imperantes y gobiernos puntuales que atravesó el país durante su pontificado.

Por eso nunca volvió a la Argentina. Se fue sin antes habernos visitado. Le debe haber dolido no regresar. Quiso hacer un viaje en noviembre de 2017, con el mismo recorrido que el Papa Juan Pablo II había realizado en 1987, por lo cual también estaría en Uruguay y Chile, pero se complicó. Todos los años, sobre todo cuando desde el Vaticano se organizaba un viaje para el Papa, los argentinos nos ilusionábamos con la posibilidad de su presencia. Pero ello nunca ocurrió. Al Sumo Pontífice se le desaconsejó visitar nuestro país. La sola idea de generar más divisiones o de profundizar la llamada “grieta” resultaba insostenible para un Papa que, más allá de su nacionalidad, gobernaba la Iglesia Católica. Debió de haber sentido un tironeo entre bandos opuestos y antagónicos, difícilmente reconciliables, que advirtió lo dejarían falsamente expuesto a divisiones que aún permanecieron hasta el día de su muerte, susceptible de la utilización de su figura pública y emblemática a nivel mundial.

El día en que Bergoglio fue elegido Papa, la presidenta era Cristina Fernández de Kirchner. Se sabía sobre la tirantez existente entre ambos. Pero una cosa es enfrentarse con Jorge Bergoglio, cual fuese la función que detentase dentro de la jerarquía de la Iglesia Católica, y otra con un Papa, un Papa argentino. Los periodistas estábamos atentos a cualquier movimiento de Cristina en dirección al Vaticano. ¿Qué hará? ¿Qué dirá? La política se entremezclaba con la proclamación de Jorge Bergoglio al pontificado, lo cual cambiaría su vida para siempre. Y, desde ya, su relación con primeros mandatarios tanto argentinos como extranjeros, aunque algunos hayan especulado con preferencias por su nacionalidad. Cristina Kirchner en su primer discurso, el día en que Francisco fue elegido, hizo mención de un “Papa latinoamericano”, sin siquiera nombrarlo.

Cristina Kirchner logró concretar un primer encuentro con el Papa apenas éste asumió. En dicho encuentro, la presidenta supo pedirle disculpas. Es que, en el momento en que fue electo, tanto a mí como a los periodistas en general, se nos vino a la cabeza la principal causa sobre la mala relación entre ambos. Tanto ella como Néstor Kirchner lo colocaron en la sospecha de una supuesta complicidad con la última dictadura. A los pocos días, y luego de haber participado de la toma de posesión de su cargo, y de haberle manifestado que “yo creía que usted era otra cosa”, tal como se hizo público, Cristina le pidió ayuda para su gobierno frente a lo que consideró era una oposición amenazante, que lo llevó a decir a Francisco “ayuden a Cristina”, con las consecuentes consideraciones que se hicieron sobre sus preferencias políticas que, de todos modos, no pudo evitar el distanciamiento que finalmente se produjo entre ambos.

Un Papa que no quiso incentivar ni profundizar las divisiones políticas en su país y desistió de venir a la Argentina. Un Papa que tuvo cuatro encuentros más con Cristina Kirchner, tres de las cuales fueron externas al área del Vaticano y en otros países, percibiendo que seguramente tenían algún propósito que no era el de un fiel católico exclusivamente. Sus reuniones con dirigentes kirchneristas dieron que hablar. Con Mauricio Macri presidente, la relación que venía tambaleando desde la época en que Jorge Bergoglio era arzobispo de la Ciudad de Buenos Aires y Macri Jefe de Gobierno del distrito, profundizó su deterioro, pese a que el ex primer mandatario pudo ir a visitarlo a la Santa Sede. La foto que los mostró juntos reflejó la cara de disgusto del Papa. Al menos así fue interpretada. Con Alberto Fernández tampoco quedó bien la relación. Lo ayudó por el excelente vínculo que mantenía con la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, para la concreción de un acuerdo con el organismo, pero supuso un abuso en la exposición de una supuesta relación basada en continuos intercambios presuntamente cargados de consejos que daba a entender Alberto, que impidió futuros acercamientos durante los dos últimos años del mandato de la presidencia de Fernández. A Francisco le interesaba la política, y mucho. Sobre todas las cosas, las cuestiones sociales eran las que capturaban su atención. Pero tomaba distancia de los dirigentes cuando se abroquelaban a su poder, sobre todo cuando fomentaban las divisiones que él detestaba y por las cuales luchaba con la espada de la paz.

Con Javier Milei no resultó ser una relación fácil tampoco. Éste lo había tildado de “comunista” aunque luego le pidió perdón. Las asperezas se limaron antes de que Milei llegara al Vaticano en febrero de 2024, para reunirse con él en el marco de una audiencia que consideró “muy buena y muy amable”. Más tarde el Papa lo criticó con motivo de los hechos que derivaron del tratamiento parlamentario de las modificaciones en la ley de movilidad jubilatoria. Pero ni Milei ni ningún funcionario de su gobierno salieron a responderle para evitar un nuevo enfrentamiento. Ahora Milei lo despide con “profundo dolor” y viajará a Roma para participar de las exequias.

Vuelvo a ese día glorioso en que tuvimos un Papa argentino. Fue minutos después que supimos que, dejando su nombre secular, lo conoceríamos como Francisco. Ese nombre, que se debió a su admiración y formación a través de las palabras y actos de San Francisco de Asís, un santo italiano del siglo XIII que fundó la Orden Franciscana, destacándose por su humildad, austeridad y gran dedicación a los más humildes, lo llevó a emular los principios que a éste lo caracterizaron. Siempre demostró ser austero. Recordemos sus famosos zapatos negros con los que se presentaba, gastados por sus largas caminatas por los barrios porteños, su elección a vivir en la residencia de Santa Marta, además de otros gestos conocidos. Su persistente preocupación por los marginados, los “descartados”, como solía llamar a los refugiados, la profundización de las normas contra los abusos cometidos dentro de la Iglesia, la apertura de las finanzas para ser fiscalizadas por auditorías externas, sus críticas hacia la pobreza unidas a la concreción de programas para combatirla, fueron algunos de los hitos más destacados de su pontificado. Pero creo que la Paz, por él perseguida entre tantas guerras que no pudo ver finalizadas, y a las cuales hizo referencia en la escritura de su última carta, fue aquello que tuvo el mayor de los significados entre sus múltiples acciones.

A mí me tocó la transmisión en vivo de su elección. Así como a Cristina Kirchner le tocó su asunción, a Javier Milei le tocó su fallecimiento. A una, la pompa del Vaticano para proclamar a un cardenal como Papa, y al otro, la que refiere a una despedida para su regreso al Hogar del Padre, al Hogar de Dios, desde donde seguirá viendo, aunque con los ojos del Cielo, las eternas divisiones entre los argentinos. Recemos para que pueda sentir La Paz en cada uno de nuestros corazones, luego de haber vivido la Pascua de Resurrección el día anterior a su muerte, en lo que fue su última aparición pública en este plano terrenal.

Se nos fue el Papa argentino. Ya no podremos especular con probables visitas a nuestro país porque no se encuentra físicamente presente entre nosotros. Creo que los argentinos no lo aprovechamos como Sumo Pontífice, y ya no podremos hacerlo. No aprovechamos sus palabras, intenciones, bendiciones y enseñanzas, porque no pudimos ver más allá de nuestras cortas narices lo que él representaba, más allá de los intereses de cada uno. Quizás ésta sea una de las lecciones a aprender, como las de tantos argentinos que nos legan las suyas. Al fin y al cabo el Papa Francisco es considerado uno de los líderes religiosos y políticos más influyentes de la historia del mundo, reconociéndosele una gran transformación llevada a cabo en el seno de la Iglesia Católica.

Por María Belén Aramburu

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