2026-06-23

Messi, el poder del ejemplo

A Dios no le bastó con regalarnos a Diego Armando Maradona. Fue por más, y a los argentinos nos trajo otra sorpresa: Lionel Andrés Messi, quien se ha convertido en una figura mundial del fútbol, no solo para llenarnos de orgullo a través del deporte que amamos y nos simboliza, sino también para el disfrute de todos los ciudadanos de todo el mundo.

Es verdad que Messi nació con un talento inigualable que hoy, a pocas horas de cumplir 39 años, se observa y vibra en cualquier cancha donde se juegue un partido del Mundial. Pero ese talento, que fue solo un punto de partida, nunca lo fue de llegada. Sabemos que de niño atravesó dificultades para desarrollar su gran pasión. Tuvo apoyo de parte de su familia, y eso es mucho, pero no suficiente para alcanzar sus sueños. Y, a esta altura, los de todos.

El diagnóstico sobre un déficit de la hormona del crecimiento, a los apenas diez años, lo condicionó a un tratamiento de inyecciones diarias durante varios años, un tratamiento demasiado costoso para su familia, ya que Jorge, su padre, en aquel entonces, trabajaba en una fábrica metalúrgica, además de colaborar con un club barrial como entrenador, mientras que su madre, Celia María Cuccittini, desarrollaba tareas en un taller de imanes. La familia no podía afrontar semejante gasto, y los clubes argentinos tampoco encontraban una solución para su financiamiento, por lo que, junto con su padre, viajaron a España, donde fue probado en EL FC Barcelona. Quedaron fascinados con este incipiente adolescente, decidiéndose a hacerse cargo de su tratamiento.

No perdamos de vista los detalles de su origen, para no perdernos en la historia de éxito, que cuenta con un material biográfico único e individual. Porque así empieza una historia de lucha, de resiliencia, de voluntad, de enfoque en el entrenamiento, de mucho trabajo y esfuerzo, y hasta de reserva y silencio en una adolescencia marcada por el abandono de su ciudad natal, Rosario, de su escuela y amigos, de su ámbito natural y cotidiano hasta entonces, de sus queridos familiares, que debían continuar con su rutina, más allá de la suya, para instalarse en otro país, con gente desconocida, pero también con puertas que se le fueron abriendo, mientras florecían las oportunidades que iban emergiendo, y él fue aprovechando.

Era el más chiquito de la cancha. Sí. Pero también el más talentoso. Esa aparente debilidad fue convertida en fortaleza, y su enfermedad nunca fue una excusa para su progreso, ni un lamento de lo que aún faltaba. Su mirada estaba puesta en lo que había, en la abundancia, y solamente se pidió permiso a sí mismo para ser quien fue, y quien es. Tuvo fracasos. Claro que los hubo, y varios, y ante la vista escudriñadora de todos. Recuerdo cuando se decía que “jugaba mejor en Barcelona que en la Selección”, que no cantaba el himno, que “no sentía la camiseta argentina”. La exigencia de los títulos pasó a ser moneda corriente cada vez que se disputaba un torneo mundial. Haber perdido el Mundial 2014 resultó ser imperdonable. Después fueron la Copa América 2015 y la de 2016. Pero era el mejor jugador del mundo. No se trataba de uno más en la esfera futbolística. La “messidependencia” en la Selección, en la cual hoy se sigue poniendo el foco, volvía aún peor la situación.

Para enfrentarse al exitismo de la hinchada, hay que ser fuerte. Y valiente. No cualquiera lo soporta. Incluso llegó a anunciar su renuncia a la selección. Pero volvió. Parte de su poder radica en la manera como atravesó las derrotas, convirtiéndolas en oportunidades para aprender y crecer. Ningún obstáculo lo definió. Porque aceptó los retos que le iba presentando la vida, para fortalecerse y continuar persiguiendo su sueño. Ha demostrado coherencia entre sus palabras y acciones. Supo convertirse en líder a través del ejemplo, y también en ese rol recibió críticas por las formas en que ejercía dicho liderazgo. Se pretendían de él maneras más opulentas y ruidosas. Que nunca tuvo ni va a tener. 

En momentos en que muchas personas pretenden ser famosas, y muchas lo son, al menos temporal y circunstancialmente por la existencia de las redes sociales y su efecto multiplicador, Messi enseña que esta puede ser muy efímera e irse de las manos de quienes la pretenden, si no se la sostiene con esfuerzo y trabajo yendo tras el logro de un objetivo. Podemos decir de Messi que es el mejor jugador de fútbol del mundo, que es el mayor goleador de mundiales, pero ni eso, que son títulos o carteles, lo define tanto como su grandeza, acompañada de su más que demostrada humildad. Por ello, y sin el intento de dar lecciones, Messi nos las brinda a diario y, sobre todo, durante la disputa de un mundial.

Todos aman a Messi. Todos lo amamos. Los padres quieren que sus hijos se le parezcan, en el sentido que le dan a los valores que encarna, tanto fuera como dentro de la cancha. Ni hablar con su familia. Hinchas de todo el mundo lo disfrutan. Se compran entradas para ver a Messi y la selección argentina, porque no olvidemos que Messi también es sinónimo de equipo e integración. El mundo se rinde a sus pies, mientras él, tímidamente, continúa sonriendo. Porque, cuando algún día se apaguen los aplausos, cuando se deje de corear su nombre en los estadios, Messi habrá dejado su ejemplo escrito en las mentes y los corazones de quienes vimos su talento, su esfuerzo, su trabajo, su compromiso. Para ese entonces, él habrá hecho historia, siendo parte de los libros y la memoria del deporte.

Si no fuera tan nuestro, también hubiese escrito sobre él. Porque ese es su verdadero poder, el del ejemplo para el mundo. Porque hay personas que, sin proponérselo, terminan enseñando.

¡Gracias, Messi!

Por María Belén Aramburu

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