Independizarse en Argentina: la generación que no puede irse de casa
El acceso a la vivienda, los ingresos laborales y la duración de los estudios condicionan la autonomía económica de miles de jóvenes. En CABA, el alquiler y los gastos iniciales representan una barrera para quienes buscan vivir solos.
Independizarse es uno de los objetivos que muchas personas asocian con la adultez. Sin embargo, en Argentina, conseguir trabajo y avanzar en los estudios no siempre alcanza para dar ese paso. El costo de los alquileres, los gastos cotidianos y la dificultad para ahorrar obligan a muchos jóvenes a permanecer durante más tiempo en el hogar familiar.
Según un informe de la Fundación Tejido Urbano, en 2024 alrededor de 2,26 millones de personas de entre 25 y 35 años vivían con sus padres o abuelos, lo que representaba el 36,7% de ese grupo etario. Aunque el indicador descendió frente a años anteriores, los datos reflejan que más de uno de cada tres jóvenes de esas edades continuaba viviendo con familiares.
La cifra no implica que todas esas personas quieran mudarse y no puedan hacerlo. Sin embargo, plantea interrogantes sobre las condiciones económicas necesarias para alcanzar la independencia y sobre las posibilidades reales de construir un proyecto de vida propio.
¿Cuánto cuesta independizarse en la Ciudad de Buenos Aires?
El precio de la vivienda constituye uno de los principales obstáculos para quienes buscan alquilar por primera vez. Según datos de Zonaprop publicados por Clarín en septiembre de 2026, el alquiler promedio de un monoambiente de 40 metros cuadrados en CABA rondaba los $755.935 mensuales.
A ese importe deben sumarse las expensas, los servicios y la conexión a internet. Con estimaciones de $150.000 para expensas y agua, $32.000 para luz y gas y $30.000 para internet, los gastos básicos vinculados con la vivienda alcanzarían aproximadamente $968.000 mensuales, sin incluir alimentos, transporte, salud ni otros consumos personales.
El desembolso inicial también representa una dificultad. Si se considera un depósito equivalente a un mes de alquiler, el primer mes y el depósito sumarían cerca de $1,51 millones. A ese monto pueden agregarse los costos de mudanza, las garantías que correspondan y la compra de muebles o electrodomésticos.
Por eso, el desafío no consiste únicamente en conseguir un departamento disponible, sino en reunir el dinero necesario para ingresar y contar con ingresos suficientes para sostenerlo. La relación entre el salario y el costo de vida resulta determinante para saber si una persona puede mudarse sin comprometer sus necesidades básicas.
¿Qué cambió en el mercado de alquileres?
La derogación de la Ley de Alquileres mediante el DNU 70/2023 modificó las condiciones de contratación entre propietarios e inquilinos. Un informe de la Unidad de Evaluación de Impacto del Gobierno nacional registró que, entre diciembre de 2023 y junio de 2024, la oferta de departamentos publicados en Mercado Libre para el Área Metropolitana de Buenos Aires aumentó un 211,9%. Durante el mismo período, los precios por metro cuadrado disminuyeron un 26,6% en términos reales.
Los resultados corresponden a los primeros meses posteriores a la desregulación y no describen por sí solos la situación actual de todos los inquilinos. No obstante, muestran que el análisis del mercado requiere considerar tanto la disponibilidad de propiedades como la capacidad de pago de quienes buscan una vivienda.
Un aumento de la oferta no garantiza automáticamente que los alquileres sean accesibles para todos los ingresos. Para evaluar las posibilidades de independizarse también es necesario considerar las expensas, los gastos de ingreso y el dinero que queda disponible después de pagar la vivienda.
Empleo y reforma laboral: el desafío de sostener un hogar
El acceso al trabajo es otro factor central. Los ingresos insuficientes, la informalidad y la inestabilidad laboral pueden dificultar que los jóvenes asuman compromisos económicos a largo plazo, incluso cuando cuentan con un empleo.
En ese contexto, la reforma laboral impulsada por el Gobierno abrió una discusión sobre las condiciones de contratación y la protección de los trabajadores. El oficialismo sostiene que los cambios pueden incentivar el empleo formal y la inversión, mientras que organizaciones sindicales y entidades como el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) cuestionaron aspectos de la normativa por sus posibles consecuencias sobre los derechos laborales y la negociación colectiva.
El impacto concreto de la reforma sobre el empleo juvenil debe evaluarse mediante indicadores posteriores a su implementación. Sin embargo, la discusión pone en primer plano una cuestión: no solo importa cuántos puestos de trabajo se generan, sino también si los ingresos permiten cubrir los gastos cotidianos y proyectar una vida independiente.
La duración de las carreras y la dependencia económica
La formación universitaria también puede influir en el momento en que una persona logra sostenerse por sus propios medios. En Argentina, completar una carrera puede llevar más tiempo que el previsto en el plan de estudios, especialmente para quienes deben compatibilizar las cursadas con un empleo.
Una investigación sobre las trayectorias académicas de la Universidad Nacional de Córdoba encontró que la duración real de las carreras analizadas equivalía, en promedio, a 1,74 veces la duración teórica. Para una carrera prevista en cinco años, esa proporción representa aproximadamente ocho años y ocho meses. El resultado corresponde a las carreras estudiadas en esa universidad y no constituye un promedio nacional.
Los años adicionales de formación pueden implicar más gastos de transporte, materiales y cursada, además de una mayor dificultad para compatibilizar horarios laborales y académicos. Para algunos estudiantes, esto prolonga la necesidad de recibir ayuda económica de sus familias.
De esta manera, estudiar, trabajar y ahorrar para una mudanza pueden convertirse en objetivos difíciles de compatibilizar. Aunque la educación amplía las oportunidades laborales, obtener un título no garantiza por sí solo un ingreso suficiente para alquilar.
Nuevas prioridades y proyectos postergados
Las dificultades económicas conviven con cambios en las expectativas de vida de las nuevas generaciones. Algunas personas prefieren permanecer en la casa familiar para ahorrar, mientras que otras priorizan viajar, invertir en experiencias o desarrollar proyectos personales antes de asumir los gastos de una vivienda.
Estas decisiones no necesariamente reflejan una falta de interés por la independencia. En muchos casos, permanecer con la familia puede ser una estrategia para reducir gastos o evitar compromisos económicos difíciles de sostener.
La diferencia está entre elegir postergar una mudanza y no contar con los recursos para concretarla. La posibilidad de decidir dónde vivir depende tanto de las preferencias personales como de las condiciones materiales disponibles.
La situación también se vincula con otros proyectos, como formar una pareja o tener hijos. En Argentina, los nacimientos registrados en 2024 fueron poco más de 413.000, cerca de un 47% menos que en 2014, según las estadísticas vitales nacionales. La caída responde a múltiples factores y no puede atribuirse exclusivamente a la economía, aunque la estabilidad de los ingresos y el acceso a una vivienda pueden influir en las decisiones familiares.
Una recuperación que también se mide en la vida cotidiana
La estabilización económica y la recuperación de la previsibilidad son objetivos relevantes, pero sus efectos también pueden evaluarse a partir de las posibilidades concretas de la población. Para los jóvenes, esto implica observar si los ingresos permiten pagar una vivienda, terminar los estudios, ahorrar y construir un proyecto personal.
La comparación con generaciones anteriores requiere considerar las diferencias en el mercado laboral, el acceso al crédito, los precios inmobiliarios y las trayectorias educativas. No todas las personas desean independizarse a la misma edad ni consideran imprescindible vivir solas. Sin embargo, cuando mudarse se vuelve económicamente inaccesible, la capacidad de elegir queda limitada.
La independencia económica no depende únicamente de tener un empleo o administrar el dinero, sino también de que los ingresos permitan cubrir los costos de la vida cotidiana. En ese escenario, el acceso a la vivienda se convierte en una cuestión central para analizar las oportunidades de las nuevas generaciones.
La pregunta que queda abierta es si la mejora de los indicadores económicos podrá traducirse también en mejores condiciones para quienes buscan sostenerse por sus propios medios. Porque la posibilidad de alquilar, ahorrar y construir un proyecto de vida forma parte de una dimensión fundamental de la recuperación: que los jóvenes puedan transformar sus ingresos y su esfuerzo en autonomía real.
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