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18/03/2024

El por qué del eterno conflicto entre los presidentes y sus vices

Los acontecimientos pasados, no tan lejanos en el tiempo, dan cuenta que, hasta la pertenencia a un mismo partido puede generar fricciones incluso insalvables.

El por qué del eterno conflicto entre los presidentes y sus vices

El desarrollo de esta editorial de @Haceinstantes nos permitirá adentrarnos en las esferas de poder que enfrentan a los presidentes con sus vices, ejemplificándolos con los conflictos más recientes de nuestra historia democrática, muchos de ellos vividos por algunos de los que están leyendo este artículo, pero poco recordados, salvo el más reciente y explícito entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner, ya que aún el tiempo no pudo borrar su indeleble huella. Sin adelantarles mi conclusión, que expondré al final, la lupa puesta en tramos de períodos presidenciales concretos, permitirá allanar el camino para alcanzar, de manera deductiva, el desenlace de lo que, por lo general resulta, de la difícil convivencia entre el titular del Poder Ejecutivo y su vicepresidente.

¿Hubo un cortocircuito entre el presidente Javier Milei y su vicepresidenta Victoria Villarruel? Milei, ante la consulta en una entrevista, lo negó, asegurando que “con Victoria no estamos peleados” y destacando que “nuestras diferencias son imperceptibles” agregando “para los demás”, cuestión que pasó inadvertida para muchos. Lo que sucedió es que la cuenta oficial de Twitter de Casa de Gobierno, la Oficina del Presidente, había manifestado su “preocupación por la decisión unilateral de algunos sectores de la clase política que pretenden avanzar con una agenda propia e inconsulta”, lo que atribuyó, en la misma entrevista, a una “interpretación maliciosa del comunicado”. Claro que este tweet se publicó un día antes de la sesión del Senado en la que el DNU del Ejecutivo fue rechazado.

Si hubo conflicto este quedó inmediatamente subsanado. Javier Milei resaltó tener “una gran relación” con su vicepresidenta, Victoria Villarruel. No hay espacio hoy, como tampoco lo hubo en otras ocasiones con anteriores gobiernos, de planteos inconducentes que sólo traen malestar al conjunto de la población que está padeciendo un alto índice de inflación, mientras se le pide, desde el Ejecutivo, hacer frente a un fuerte ajuste que derivaría en una salida de la crisis económica, y que todavía, un gran porcentaje de la población acepta, pese sufrir las consecuencias que de éste se derivan. La vicepresidenta había grabado un mensaje de apoyo al presidente Milei y su programa de gobierno en el que destacó que su “compromiso con Argentina y con Milei es inclaudicable” y que “desde el momento en que Javier Milei me pidió que lo acompañara como diputada y luego en la fórmula presidencial, sabíamos a lo que nos enfrentábamos”. Habiendo recalcado el hecho inédito del rechazo de un DNU en el Congreso, en este caso en la Cámara que ella preside, el Senado, fue el presidente quien salió a aclarar que “el rechazo del DNU estaba contemplado”, pidiendo a su vez, “defenderlo en la Cámara de Diputados” contando, además, con un plan B de proyectos de ley que serían presentados de fracasar la primera instancia. No siendo el tema del DNU de desarrollo en esta editorial en particular, destaco la unicidad para actuar después de la derrota y el trasfondo que se generó por haberlo presentado en el Congreso, a sabiendas de no poder lograr el número de votos suficientes de adhesión, para que prosperase.

La frase de Victoria Villarruel de “no me voy a convertir en Cristina Kirchner” es muy elocuente respecto de la distancia que se marcó casi desde un principio entre el presidente Alberto Fernández y su vicepresidenta. En este caso el poder de hecho, en ese momento principalmente, cuando se inició el período gubernamental del entonces Frente de Todos, lo tenía Cristina Kirchner. Es así que fue ella quien lo ungió candidato a la presidencia de la Nación, como todos sabemos. Creció el albertismo y el poder de algunos de los integrantes del Grupo Callao que acompañaron al presidente en el Gabinete y en funciones públicas, pero no lo suficiente como para opacar a Cristina Kirchner y a La Cámpora. Después llegó el massismo a través de Sergio Massa en su desempeño como Ministro de Economía, y a quien se lo vio como si estuviese llevando a cabo las tareas de un presidente, y que fue presidenciable, también gracias a Cristina. El poder de los tres se fue desdibujando cada vez más llegando el final del mandato de Alberto Fernández, con su corrimiento total, producto del desgaste colateral de poder y enfrentamientos entre sus dirigentes y referentes, para darle paso a un nuevo gobierno, el de Javier Milei, que llegaba para derribar las viejas estructuras políticas y económicas de la Argentina. Massa era quien se reunía con el presidente por un lado, y con la vicepresidenta por el otro, mientras ambos se enfrentaban y criticaban públicamente. Recuerdo el más ostensible conflicto, en momentos en que el gobierno intentaba negociar con el Fondo Monetario Internacional, el gobierno de Alberto Fernández logró sancionar un proyecto de ley con apoyo de la oposición, pero con el rechazo de Cristina Kirchner a través de una carta pública, y de su hijo Máximo Kirchner, quien en esos momentos, y por este motivo, renunció a la titularidad de la Cámara de Diputados, dejándole el espacio al entonces legislador y componedor de contiendas presidenciales, Sergio Massa. Aún hoy, Alberto y Cristina, no se hablan, ofreciendo pruebas evidentes de rechazo mutuo.

Cristina Kirchner era más fuerte en cuanto a base y caudal de votos que el ex presidente Fernández. Contaba con un núcleo duro que por entonces le otorgaba poder. Tal fue así que, antes de la aparición de Sergio Massa como Ministro de Economía y antes también de su candidatura presidencial, ungida públicamente por la vicepresidenta, eran muchos los que afirmaban que la que gobernaba era Cristina Kirchner, quien a su vez mostraba desprecio por quien consideraba no podía llevar las riendas de un gobierno que rodaba cuesta abajo, aludiendo al propio presidente. También era evidente que para Cristina Kirchner ser vicepresidenta, cuando había sido dos veces presidenta, ocupar un rol que la posiciona fuertemente en el Senado como titular, y en reemplazo del presidente cuando éste se ausentaba  de la Capital Federal, le resultaba difícil. Acá vamos arribando a una de las conclusiones del desarrollo de esta editorial, el porqué del conflicto entre los presidentes y sus vices: el lugar que ocupan, su poder, y su visibilidad.

El Poder Ejecutivo es unipersonal en nuestro país. Lo detenta el presidente de la Nación. El vicepresidente que lo acompaña ejerce el Ejecutivo en caso de enfermedad, ausencia de la Capital, renuncia o destitución del presidente. Pero el vicepresidente tiene poder dentro del Legislativo, siendo el presidente del Senado, sin voto salvo en el caso que haya un empate en la votación. Tal poder le devino a Julio Cobos, mendocino y radical, vicepresidente de Cristina Fernández por el Frente para la Victoria, en su primer período de gobierno, cuando, en la madrugada del 17 de julio de 2008, le tocó el turno de desempatar, haciendo sonar su voz, a través del micrófono, con una construcción gramatical que en ese entonces, recuerdo, llamó la atención, pero fue claramente interpretada por todo el arco político: “mi voto no es positivo”, agregando, a modo explicativo y para que no cupiesen dudas, “es en contra”, en referencia al proyecto de ley del Ejecutivo, conocido como “la resolución 125”, que proponía un esquema de retenciones móviles al sector agropecuario, ideado por el ex Ministro de Economía, Martín Losteau, agudizando el enfrentamiento entre el gobierno y el campo, y dejando atrás la transversalidad y concertación, para dar paso a una división que, a través de la llamada “grieta”, aún subsiste, aunque en términos de Milei, hoy sea a favor o en contra del cambio.

Cuando la vicepresidenta Victoria Villarruel asegura, en ese video grabado en el que apoya al presidente Milei y su plan de gobierno, que “el Senado es la casa de las provincias y es un poder independiente de la República”, se pone firme en su rol de comandar la Cámara Alta. Al agregar que “sin institucionalidad no se gobierna”, reafirma su poder como tal y se planta con fortaleza ante el Ejecutivo, que en el caso de Javier Milei, presenta una aliada incondicional, su hermana Karina, quien, desde la Secretaría de la Presidencia de la Nación, no sólo ejerce la función que este cargo conlleva, sino que también es una pieza política inseparable del presidente. Aunque la figura del vicepresidente quede desdibujada, su salvedad se produce cuando conecta con su rol de presidir el Senado y encolumna tras sí a sus partidarios en un Congreso que tenga un funcionamiento constante y asiduo, porque de no ser así, su figura queda opacada, ya que incluso cuando reemplaza al presidente cuando éste viaja, las tareas importantes no le quedan delegadas, sino que esperan el regreso del Ejecutivo. Un vicepresidente tiene aspiraciones explícitas o solapadas, en su recorrido político, por el que, presume, lo conduciría a algo más que su cargo actual, al que aspira trascender. De hecho, incluso, el vicepresidente Julio Cobos, después de su “voto no positivo”, le aclaró a la presidenta Cristina Kirchner, que él no iba a renunciar al cargo y que, por ser funcionario electo, ella no tenía autoridad para solicitarle que así lo hiciera, pese a que la relación se cortó hasta lo impensable. Él mismo contó, en alguna oportunidad, que después de la votación, fue a su despacho, recibió a algunos legisladores, hizo un par de llamadas y se tomó un café, en paz, convencido que había hecho lo correcto.

El presidente Javier Milei dejó en claro después de haberse especulado con un eventual conflicto con Victoria Villarruel, que “cómo me voy a meter yo con su trabajo”, dando muestras de independencia del rol de su vicepresidenta, al frente del Senado. De haber un conflicto evidente entre el Ejecutivo y su vice en cualquier gobierno, sea del signo político que fuese, siempre se especula con un plan de desestabilización, ya que, en las condiciones señaladas anteriormente, y de acuerdo con lo que establece la Constitución, el vicepresidente podría ejercer la presidencia ante una eventualidad como las señaladas. Se supone que forman parte del mismo gobierno y actúan como si fuesen uno para implementar el programa de gobierno previamente establecido en campaña, tal cual le fue presentado al electorado para su votación. En el caso de Milei y Villarruel pertenecen a un mismo partido, La Libertad Avanza, con lo cual no debiese haber diferencias programáticas, aunque sí podría haberlas de tiempo y espacio para su aplicación. Además en un país presidencialista como éste, sólo el funcionamiento constante, como debiese ser, del Congreso, le daría poder y visibilidad a quien detenta la titularidad de la Cámara Alta.

Los acontecimientos pasados, no tan lejanos en el tiempo, dan cuenta que, hasta la pertenencia a un mismo partido puede generar fricciones incluso insalvables. El ex presidente Carlos Menem, acompañado en la fórmula por Eduardo Duhalde, compartía junto con su vicepresidente, la pertenencia al Partido Justicialista, pero sus diferencias ideológicas, Menem inclinándose en teoría y práctica al neoliberalismo, y Duhalde, representando a una versión más conservadora del peronismo, más alineada con los orígenes del partido, en cuanto a la cercanía con el sindicalismo y la justicia social, los terminaron por distanciar, sobre todo cuando la implementación de la privatización de empresas públicas y el ajuste impulsado por el Fondo Monetario Internacional, se hicieron presentes. Otro caso de enfrentamiento por diferencias ideológicas, aún perteneciendo al mismo partido, se dio en la fórmula presidencial Néstor Kirchner-Daniel Scioli, siendo que este último provenía de las huestes del menemismo, con claras divergencias en cuanto a la política económica y justicia social. Y el de Fernando De la Rúa, con Carlos “Chacho” Álvarez como vicepresidente, conformó la Alianza, incluyendo a varios partidos políticos, siendo que el presidente pertenecía a la Unión Cívica Radical, y el vice al Frente País Solidario, FREPASO. El ejercicio de la gestión y sus fricciones derivaron en la renuncia de Álvarez, luego de que éste hubiese manifestado públicamente sus diferencias con el primer mandatario nacional, por la política económica del Ejecutivo para gestionar la crisis. Ya sabemos cómo terminó luego el gobierno de De la Rúa.

Todos los vicepresidentes quieren más protagonismo, al menos, desde el rol que les marca la Constitución, quizás como una rampa desde la cual lanzarse en sus ambiciones políticas prolijamente silenciadas mientras desempeñan su cargo junto al presidente, para no estorbarlo ni generar recelo alguno. Pongamos el caso de Eduardo Duhalde, quien se presentó como candidato a presidente en las elecciones de 1999, que finalmente llevaron al poder a Fernando de la Rúa. Su revancha llegó luego de la salida obligada de De la Rúa, cuando asumió la presidencia interina entre 2002 y 2003, luego de haber sido gobernador de la provincia de Buenos Aires, luego de haber renunciado a la vicepresidencia en 1991, y finalizado su segundo mandato en el distrito, en 1999. Por su parte, más allá de sus cargos de gobernador y legislador por la provincia de Mendoza, Julio Cobos manifestó su deseo de ser candidato presidencial en las elecciones de 2011, candidatura a la que finalmente desistió, cuando Ernesto Sanz declinó de participar en las internas partidarias, y la Unión Cívica Radical proclamó a Ricardo Alfonsín como candidato. El caso de “Chacho” Álvarez, sin embargo es bien diferente. Renunció a la vicepresidencia a los diez meses de haber asumido, habiéndose animado a denunciar el pago de coimas a senadores peronistas a cambio de su voto a favor de una reforma laboral, y no volvió más al escenario político.

Está claro entonces el por qué de las dificultades que presentan la convivencia entre un presidente, que en este país marca una presencia muy fuerte, y su vicepresidente, quien literalmente lo acompaña. El presidente de turno en el poder pretende toda la lealtad de su compañero de fórmula en el ejercicio del rol que le compete en la titularidad del Senado para encaminar los proyectos de ley enviados por el Ejecutivo a los propósitos de viabilizar su programa de gobierno, y en su reemplazo para cuando no se encuentre en el país. Fuera de estas condiciones, y llevadas al extremo, el resto se considera una deslealtad y llevado el caso aún más lejos, la intención de desestabilizarlo para ocupar su lugar de un salto. Pero el presidente debe saber que, a través del cumplimiento de sus funciones, el vicepresidente puede hacer más que presidir sesiones en la Cámara Alta, ya que el manejo del Senado, en concordancia con los objetivos gubernamentales trazados por el partido o el frente que lo ha llevado al poder en una fórmula conjunta consigo, lo imbuye de responsabilidades que le permiten articular voluntades partidarias afines y opositoras en el complejo entramado del Congreso, para poder proceder con iniciativa propia, en conjunto con el Ejecutivo y el partido o frente al que representa.

Si existió un conflicto entre Milei y Villarruel, que lo hayan superado y trascendido, habla bien de ellos. A los poco más de tres meses de gobierno, con la actual situación económica por demás acuciante, un problema de esta naturaleza se tornaría inabordable e inaceptable por parte de la ciudadanía, e iría en desmedro de la gestión gubernamental. Pero ambos deberán estar atentos, sobre todo a partir de ahora, y con su corta trayectoria política, que deberán ser cautelosos en la consideración y registro del otro. Se los vio juntos, codo a codo, en el 32º aniversario del atentado terrorista contra la Embajada de Israel, fecha tristemente recordada en la historia de nuestro país, demostración de institucionalidad, en términos de la vicepresidenta.

María Belén Aramburu

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