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23/04/2025

Geneviève Jeanningros: la amiga del Papa que rompió el protocolo en su último adiós

Sor Geneviève Jeanningros, una religiosa argentina de espíritu rebelde y vida nómada, fue la única que despidió al Papa Francisco sin restricciones en la capilla ardiente.

Geneviève Jeanningros: la amiga del Papa que rompió el protocolo en su último adiós

En un ambiente solemne, donde el silencio solo era interrumpido por el llanto y los aplausos de los fieles, el féretro del Papa Francisco fue recibido en la Basílica de San Pedro. La Curia Romana siguió el protocolo al pie de la letra, despidiéndose del pontífice en grupos de cuatro y durante escasos segundos. Pero una figura desentonó con ese orden riguroso: una monja con mochila verde permaneció siete minutos junto al ataúd, llorando y orando. Era Sor Geneviève Jeanningros.

Esta religiosa de 81 años, perteneciente a la orden de las Hermanitas de Jesús, no es una monja común. Vive en una caravana dentro de un parque de atracciones en Ostia, rodeada de feriantes, trabajadores del circo y personas marginadas. Su vida ha estado marcada por el compromiso con los excluidos y la ruptura de convencionalismos. Así también fue su vínculo con el Papa Francisco, con quien compartía la convicción de que la Iglesia debía abrirse al mundo real.

El lazo entre ambos no nació en los pasillos del Vaticano, sino en Argentina, mucho antes de que Jorge Bergoglio se convirtiera en pontífice. Geneviève es sobrina de Leonie Duquet, una monja francesa desaparecida durante la dictadura militar. En su búsqueda de justicia, encontró a Bergoglio, y con él, una amistad profunda basada en ideales comunes y acciones concretas.

El Papa la llamaba con cariño “L’enfant terrible”, una expresión que refleja tanto su carácter irreverente como la admiración que sentía por ella. Geneviève asistió en más de una ocasión a audiencias papales acompañada por personas homosexuales, transexuales o en situación de prostitución, a quienes quería acercar al pontífice para visibilizar sus realidades. Juntos, demostraron que el Evangelio también se vive en los márgenes.

Su despedida fue diferente, como lo fue su amistad. No dijo adiós a un líder religioso, sino a un amigo que rompió moldes, que eligió vivir con humildad y que siempre creyó que una Iglesia más humana era posible. En ese gesto sin protocolo, Sor Geneviève volvió a recordarnos que lo sagrado también habita en lo auténtico.

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