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Megaclásico

30/11/2018

"Al final la final se juega", por María Belén Aramburu

El “pacto de caballeros” del que tanto se habló terminó hecho trizas dirimiéndose el destino de la Final de la Copa Libertadores en el Tribunal de Disciplina.

Autor: María Belén Aramburu
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inalmente se llegó a una definición.


La Conmebol decidió fecha, horario y lugar. 
El 9 de diciembre, a las 20.30 horas en el estadio Santiago Bernabéu en Madrid.

 

Esta vez estarán las dos hinchadas y sin la presencia de barras para los cuales no habrá lugar según afirmó el presidente de la asociación cuando realizó el anuncio.


Alejandro Domínguez, titular de la Conmebol, pidió a los presidentes de ambos clubes transmitir un mensaje de “paz y amor” en el que sea desterrada la violencia que nada tiene que ver con el fútbol.

D’Onofrio y Angelici ya habían transmitido un mensaje de esas características antes de disputarse el partido de ida, refiriéndose ambos a la importancia del espectáculo deportivo.
Pero después sobrevinieron los incidentes de violencia contra el micro que llevaba al Monumental a los jugadores de Boca y su equipo técnico, la suspensión del partido el sábado 24 de noviembre luego de un acuerdo denominado “de caballeros” por los principales referentes de ambos clubes y la suspensión al día siguiente de un partido que evidentemente no se podía jugar.
El llamado “pacto de caballeros” no fue cumplimentado. Hubo idas y vueltas en relación con la constancia de las lesiones de los jugadores del plantel de Boca, sobre todo de la de Pablo Pérez en su ojo, antes y después de su derivación al Sanatorio Otamendi. 

 

No estaban dadas las condiciones para jugar ni tampoco se podía sostener la igualdad en las condiciones. D’Onofrio así lo entendió, se solidarizó con Angelici y los jugadores rivales y acordó no jugar el sábado mientras ambos salían en duplex en un canal de deportes que hacía la transmisión en vivo del partido y sus avatares. La Conmebol había dispuesto un horario, las 19.30 horas. De jugarse Boca no tenía a todos sus jugadores en óptimo estado de salud física y psíquica. River sí. Así lo entendió D’Onofrio y hasta contó públicamente que le hizo saber en su oído a Angelici que se solidarizaba con él pese a que el partido estaba por disputarse en breve según lo dispuesto por la Conmebol y la FIFA. Si River salía a la cancha contaba con todos sus jugadores como lo había hecho desde el principio. Pero Boca no. De no salir a jugar el equipo que tomara esta decisión iba a ser sancionado. Así se entendió. Y así también se acordó no jugar el día domingo.


Pero algo pasó en el mundo Boca. Se habla de presiones hacia Angelici para no disputar el partido por parte del propio plantel y la derivación de una presentación, tal como se hizo, de una denuncia a River para descalificarlo con la consecuente obtención del título sin disputar el partido. Boca promete “agotar todas las vías jurisdiccionales” apelando ante la Cámara de Apelaciones de la Conmebol y, eventualmente, ante el Tribunal Arbitral del Deporte. De todos modos, la definición, de llegarse a estas instancias, llegaría después del 9 de diciembre con el partido y su resultado.


El “pacto de caballeros” del que tanto se habló terminó hecho trizas dirimiéndose el destino de la Final de la Copa Libertadores en el Tribunal de Disciplina que no dio lugar al pedido de Boca, aplicando una sanción y multa a River y el Departamento de Competiciones de la Conmebol reprogramando el partido de vuelta con la inclusión de la hinchada de Boca además de la de River en busca de la definición.


Para muchos hinchas de River no hubiese tenido sabor a ganado un partido que se hubiese  jugado luego de los violentos incidentes, ni el sábado ni el domingo, con jugadores de Boca lesionados y/o shockeados, producto de los acontecimientos.


Para muchos hinchas de Boca, el resultado de una definición de escritorio tampoco les satisface. Los partidos se juegan en la cancha. Desde ya, con un “fair play” e impartiendo justicia cuando se amerite.


El presidente Macri pretendía que se jugase en el Monumental y con la hinchada de River. Fueron varios los que, en el marco de la Cumbre del G20 le preguntaron por el destino de la Final cuando todavía Domínguez no se había pronunciado al respecto.


No fue una buena señal en cuanto a la seguridad que no se jugara en nuestro país cuando los primeros mandatarios más importantes del mundo se encuentran en la Argentina.
El escándalo tuvo trascendencia mundial.
El mundo estaba expectante de este partido entre los históricos equipos rivales de nuestro país.


Lo que sucedió fue lamentable. Algunos lo vincularon con el allanamiento al barrabrava “Caverna” Godoy el viernes anterior en el que encontraron 300 entradas y 10 millones de pesos. Otros lo desestimaron y lo atribuyeron a una responsabilidad de la seguridad, del operativo de la Policía Federal y/o de la Ciudad, denuncias a sus responsables mediante, al club River Plate, a una emboscada... 


Otros recordaron el gas pimienta arrojado a los jugadores de River en 2015 que, desde mi punto de vista, no es comparable en cuanto que ocurrió dentro de la cancha, lanzándoselo en la manga cuando salían a la cancha antes de disputarse el segundo tiempo en pleno partido.


Cuando se hace referencia a la custodia de la cancha y sus “inmediaciones” habría que ser más preciso respecto de la responsabilidad del club en sus adyacencias para fijar la seguridad en determinados metros en derredor. Porque fueron 2000 los efectivos contratados para garantizar la seguridad de este partido. Porque en esto tampoco hubo coincidencias, más allá de la posterior decisión del Tribunal.


El orden que debe ser asegurado y puesto a disposición del partido, los equipos y la ciudadanía toda no sólo debe ser de prevención y aplicación si dicho orden se viera vulnerado, sino que también debe ser protegido desde el entramado social que todos conformamos en nuestra convivencia diaria. Debe ser una construcción constante y reforzada con palabra y ejemplo para que estos hechos no se reiteren nunca más.


La violencia que se vivió en la previa del frustrado partido puso en evidencia el riesgo que corrieron los jugadores y todo el plantel cuando, desde el túnel de Libertador, el chofer, que viene haciendo su trabajo hace 20 años y el mismo recorrido doblando por Quinteros para ingresar al Monumental, vio, en su trayecto, el peligro inminente de lo que resultó ser una emboscada o trampa que dejó en estado de vulnerabilidad e indefensión a los jugadores de Boca y el resto de los ocupantes del micro que no pudieron combatir la llegada de proyectiles, rotura de vidrios e ingreso de gas pimienta. Un chofer desmayado y la llegada de un directivo del club al volante que maniobró evitando una tragedia peor.


Quedaron sinsabores que sólo podrán ser subsanados en un partido de Final de Copa Libertadores en Paz que se disputará lamentablemente en territorio ajeno y ante la atenta mirada de ojos que escudriñarán más allá de la que la pelota ruede.

 

Por María Belén Aramburu

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