Editorial HI |

Denuncian a un DT por abuso

02/11/2018

"Se animaron a denunciarlo", por María Belén Aramburu

El entrenador de hockey que había aprovechado de su autoridad sobre ellas, su confianza y trato cotidiano para abusarlas sexualmente, se presentó ante sus ojos nuevamente cuando fue contratado por la subcomisión del Club Talleres de Paraná. Se animaron a denunciarlo 20 años después.

S

e animaron a denunciarlo.
 Les llevó veinte años al menos armarse de valor.
 Fue cuando pensaron que habían cerrado sus heridas abiertas que las emociones y sentimientos afloraron cuando lo vieron nuevamente.
 El entrenador de hockey que había aprovechado de su autoridad sobre ellas, su confianza y trato cotidiano para abusarlas sexualmente, se presentó ante sus ojos nuevamente cuando fue contratado por la subcomisión del Club Talleres de Paraná. Fue allí cuando una de las jugadoras sintió las mismas emociones que la embargaron aquellas veces en que, entre charla y charla, las caricias avanzaron hasta hacerla perder la inocencia propia de su edad.
 Por aquel entonces tenían entre 13 y 15 años. Adolescentes, llenas de entusiasmo, con proyectos escolares y deportivos. 
 Compartían con sus pares entrenamientos de hockey y competencias, pero también secretos bien guardados que encerraban llantos expresados y contenidos por culpa y vergüenza. Y quizás también amenazas.
 Una de ellas, según le contó a una íntima amiga, era llevada por el entrenador a una iglesia para expresar en la confesión lo ocurrido. Cargada de culpa transmitida por este hombre en quien confiaba, era obligada a confesarse con un cura amigo del victimario. ¿Qué confesaba? ¿El abuso? ¿O que había mantenido relaciones sexuales no permitidas? ¿El cura sabía sobre los abusos? ¿Era cómplice? ¿O pensaba que la adolescente era llevada a confesar sus pecados? Porque el entrenador la esperaba afuera del confesionario. La llevaba a la Iglesia y la retiraba del lugar luego de la confesión. El cura señalado tendrá que brindar explicaciones en la justicia ¿Sabía o era otra víctima del entrenador? Hay muchos interrogantes. Y no deja de ser sospechoso el hecho de que un sacerdote confiese a una niña en estas circunstancias. 
 El hombre había sido seminarista y transmitía sus conocimientos con encanto. Era una de las maneras en que seducía a sus víctimas.
 Lo conocían por ser su entrenador pero también conocían a su familia, a sus hijos. Esto también generó demora para hacer la denuncia.
 ¿Qué motivó presentarse ante la justicia? ¿Qué disparó la valentía? Los sentimientos. Afloraron los mismos sentimientos que hace veinte años atrás. El mismo estímulo. Aquel hombre que las levaba a escondidas dentro del club para hacer lo que nadie tenía que ver ni contar. El mismo hombre ante sus ojos. Su voz, su cuerpo, su presencia y la reacción inmediata de quien está nuevamente acechada por el peligro inminente. El peligro que tiene olor y sabor conocidos e indeseados. El cerebro conecta las redes neuronales que se creían desarticuladas y el sistema nervioso advierte sobre lo que puede sobrevenir una vez más. 
 Pero no se quiere atravesar otra vez por la misma situación. Con la ayuda de una psicóloga una de las jóvenes se anima a dar el primer paso. Luego otra víctima se acerca a la justicia. Y una tercera, dicen, próximamente lo haría de tomar el  coraje necesario.
 Porque se debe ser valiente, muy valiente para atravesar el muro del desconcierto, temor, rabia, bronca, dolor, vergüenza, duda, para pasar a la acción. 
 Porque se hará y le harán mil preguntas sobre el mismo asunto, reavivando los fantasmas del pasado, reabriendo heridas que parecían haber quedado cerradas pero que en realidad, permanecieron entreabiertas para salir a la luz de los penosos recuerdos. 
 Porque las llevarán en la inspección ocular, a la constatación de que los lugares señalados por ellas como ámbitos geográficos utilizados para la perversión, se condigan con sus dichos y descripciones. Recorrerán el mismo club que las alberga, cuida y protege y a su vez las vio vencidas y aturdidas.
 Porque sabrán que muchos se referirán a él como un hombre encantador, repleto de virtudes.
 Porque ya saben que la víctima que fueron, por su vulnerabilidad y estado de indefensión, va dejando paso, con la denuncia, a una mujer que va reconociendo su fortaleza a la vez que transmuta el dolor en justicia.
Porque aprendieron que el perverso manipula. Que el perverso psicópata se disfraza bajo sus máscaras de hombre encantador para que no lo reconozcan en el ejercicio de sus atrocidades. 
 Porque no tendrá culpa alguna por lo que hizo. Le parecerá bien y se defenderá. La culpa estará instalada en el otro y desechada de su mente para no hacerse cargo de nada.
 El club lo separó de sus funciones. Advirtió a otras instituciones deportivas y contribuyó con la justicia. Protege a las víctimas y las preserva del más mínimo contacto con su victimario mientras dure la investigación. Las ayudó desde el primer momento en que tomaron conocimiento de estos hechos.
 ¿Podría haber otros casos de abuso en la institución? ¿Y en otras instituciones? ¿Se sabrá sobre nuevos casos?
 Al no prescribir en el tiempo la denuncia tiene siempre un lugar propicio para iniciarse e instalarse. 
 Que la justicia sea ejemplar en éste y otros casos.

 

Por María Belén Aramburu

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